Dr. Pedro Vidal-Szabó
Académico de la Universidad de Los Lagos e investigador en Educación Estadística
El presidente de Chile, José Antonio Kast, afirmó que “a veces 100 millones, 500 millones” se destinan a “una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca”, para luego preguntar: “¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”. La frase, más que una crítica al gasto público, instala una caricatura prejuiciosa sobre la investigación científica y confunde valor público con rentabilidad inmediata.
El problema es evidente: evaluar la ciencia solo por empleos directos equivale a medir una semilla por la sombra que no entrega el mismo día en que se planta. La investigación produce conocimiento, formación avanzada, evidencia para políticas públicas, innovación futura y capacidades profesionales que no siempre caben en una contabilidad instantánea.
Además, el argumento es empíricamente débil: los montos señalados no describen adecuadamente cómo se financia la investigación individual en Chile, pues cifras de esa magnitud suelen corresponder, en casos muy específicos, a centros, redes o programas con equipos, tesistas, técnicos e investigadores durante varios años. Presentar esos recursos como si fueran libros empastados sin impacto induce a error y empobrece el debate público.
Un país con baja alfabetización estadística es más vulnerable a frases efectistas, promedios engañosos, gráficos manipulados y falsas causalidades. Por eso, reducir la ciencia a “cuántos trabajos generó” no es realismo económico: es analfabetismo científico convertido en criterio de gobierno. Chile necesita discutir el uso responsable de los recursos públicos, pero con evidencia, no con prejuicios; de lo contrario, erosiona precisamente las capacidades que sostienen y proyectan su propio desarrollo.
Publicado por: Loreto Bustos Novoa












