OPINIÓN: La operación de la academia y la zona de confort, en respuesta a Alfredo Joignant
Compartir

Dr. en Filosofía, Javier Agüero Águila
Centro de Formación Integral
Universidad de Los Lagos, Campus Osorno.
Columna publicada en «La Voz de los que sobran»

 

Hace unos cuantos días el académico de la Universidad Diego Portales Alfredo Joignant, escribió en el Diario El País/Chile, una columna que tituló El declive del intelectual público”. Evidentemente este texto, el que yo escribo ahora, toma en serio las palabras de Joignant y es por esta razón que intento elaborar una respuesta a lo que ahí sostiene, en el entendido, además, que como él mismo lo señala, ya al final de su escrito, “[…] sin el uso público de la razón y del intercambio honesto de ideas cuyo valor debiese depender del peso del mejor argumento, no hay un mundo común posible”.

Aquí enumero algunas consideraciones.

  1. Aunque estoy de acuerdo con el “intercambio honesto de ideas” (bien que hubiera preferido “saberes” o “decires”), estoy lejos de pretender de que el mío sea el “mejor argumento”; tampoco comulgo con que el “mundo común posible” depende del “uso público de la razón”, en el entendido que, si así fuera, ese mundo común se nutriría solo desde quienes tienen el poder de ejercer la palabra e influir, justo, en el flujo de un cierto devenir social que al menos en Chile ha estado monitoreado por “otra razón”; una razón ad-hoc: la neoliberal; la misma que en los últimos 50 años se ha sostenido sobre una plataforma en la que se reúnen, armonizan y pigmentan diferentes capitales (económicos, mediales, académicos, etc.), generando oligopolios específicos en el que las tribunas opinológicas están coludidas entre sí, proponiendo una suerte de apropiación hermenéutica que, me resisto a creerlo, solo podría ser tal en la medida que el “argumento de los mejores” entren en disputa.

Estos argumentos serían, sin duda, tecnocráticos en el amplio sentido de la palabra “técnica”, que alude a todos los saberes especializados como, por ejemplo, el hecho de que solo sociólogos, cientistas políticos o politólogos de toda especie puedan referirse a lo político mismo. Parafraseando a Marco García de la Huerta en su excepcional libro Crítica de la razón tecnocrática (1990), en Chile se dio el triunfo de la razón técnico/económica por sobre todo otro tipo de “razón”, también, por supuesto, por encima de la académica. O como lo resumió genialmente Foucault en una sola ecuación, la dominación se faculta desde la original diada saber-poder.

Entonces las preguntas: ¿cuáles son los mejores argumentos? ¿quién los define? ¿no aparece de manera desmedida otro privilegio, ahora cognitivo, al pretender señalar que éste o este otro son los mejores argumentos por lo tanto el mundo, así, en la arbitrariedad de la identificación, activa su condición de posibilidad? ¿no se articula en esta prevalencia de lo intelectivo-exclusivo aquello que Nietzsche llamó en su Zaratustra “[…] la inveterada soberbia”?

Estos “decires”, para entrar en juego y recomponer la retícula del “mundo común” deberán, se entiende desde la columna del profesor Joignant, ser validados por una cierta élite académica que en ese mismo gesto excluye, como la llamó Gabriel Salazar, a “la ciencia popular”; o a intensidades libres o a saberes desinstitucionalizados que con mayor potencia y presencia en la sociedad son tachados y dejados fuera de toda tribuna a propósito de lo que se ha sentenciado como “el mejor argumento”. O como lo escribe Zizek –citado a la pasada por Alfredo Joignant como un símbolo sin potencia ni densidad de la izquierda intelectual mundial– la relevancia de reconocer las “[…] propiedades emergentes de libre interacción caótica de subjetividades múltiples contrapuesta a la jerarquía centralizada, de opiniones variadas en liza frente a la pretensión de una sola verdad» (Robespierre. Virtud y terror, 2007).

Pienso, en el plano de lo mensurable, en las organizaciones sociales, en las variantes identitarias (al día de hoy tan despreciadas y abreviadas en el peyorativo anglicismo de woke), en las subjetividades “desapegadas”, al decir de Kathy Araujo, quien después de 20 años de sistemática investigación da con un gran concepto, precisamente, “el desapego” (2025), para dar cuenta de que en Chile nunca se trató de anomia ni de malestar, como de forma tan natural y rotunda se interpretó, de inmediato y después con majadera insistencia, desde esa suerte de ritología academicista al momento de inseminarle prédica interpretativa a la Revuelta de Octubre.

  1. Alfredo Joignant, ya desde el primer párrafo, responde tácitamente a las preguntas que instala sobre el intelectual público: “[…] ¿moldean creencias y conductas? ¿construyen y redefinen las causas de nuestro tiempo?”.

Ahora, yo me pregunto ¿por qué los intelectuales públicos deberían moldear creencias y conductas? ¿es su “función” operar como agente cultural superdotado y esclerófilo con el poder de redefinir “las causas de nuestro tiempo”? No es ésta una visión verticalista descendente de aquello que debiera saber filtrar un intelectual? Si existe un rol para el intelectual público, éste se activaría, pienso, desde una verticalidad ascendente, desde abajo hacia arriba; ahí donde la sociedad y la cultura se baten entre significantes alternantes y significados polisémicos imposibles de precisar en pulsión categorial alguna; o desde “las disidencias horizontales” (como lo apunta Catherine Malabou); las soberanías implícitas en las reivindicaciones de sectores históricamente marginados, etc. No es el intelectual quien moldea creencias o redefine las causas de un tiempo. Es lo social en toda su heterogeneidad que jamás podrá ser capturado o inmovilizado en la operación enunciativa del “intelectual” y su rol. Bien valdría la pena, de nuevo, leer a Gabriel Salazar en este punto y salir de “la zona de confort”.

Va de suyo, la sociedad excede por mucho lo que el mundo o la influencia de un intelectual puede establecer como aparataje normativo. Marx no crea la lucha de clases, la explotación del hombre por el hombre, la reificación, la plusvalía, la alienación, en fin. Él ve el despliegue de estos fenómenos porque todos ellos le preexisten y, en su búsqueda, lo que hace es ponerles nombre y sumergirse en una exégesis brutal y genial de la realidad. Justamente, su genio y su obra tienen efectos y es cierto, sociedades completas se justificaron flameando al marxismo como bandera y cristalizándolo como emblema. No obstante, Marx jamás previó que esto podía suceder, por más que una filosofía de la historia esté diseminada a lo largo de toda su obra.

Pero en Chile no hay ningún Marx.

El declive del intelectual público tiene, de público, poco, salvo si dejamos a lo público enrevesado en la opinión medial y lo suturamos a propósito de las ingentes apariciones televisivas, radiales, presentaciones de libros entre membresías selectas, etc. Pienso que hay una confusión entre lo público y lo mediático. Imagino que el profesor Joignant leyó el notable libro de Richard Sennett El declive del hombre público (1974), en el que con gran imaginación muestra la coreografía sociocultural que ha resultado de la sociedad capitalista y que ha terminado por gangrenar “lo público” mismo, así, en genérico.

¿Entendemos en esta línea que si el académico habla del “declive del intelectual público” refiere, al mismo tiempo, a que ese intelectual abdicó de analizar la decadencia de la sociedad occidental/global en la que todo rastro de tejido social fue pulverizado, obturando, justo, a lo público como posibilidad de lo colectivo y renacer de lo común? ¿se trataría del restarse de pensar aquello que al decir de Aristóteles –en La Constitución de los atenienses– eran los asuntos de la Polis? ¿o, en lo fundamental, Alfredo Joignant está indicando la crisis del intelectual no público, sino publicitado en el que la imagen polaroid de éste es remachada por la instantaneidad de su mensaje? Y, así ¿dejando de tener una acústica incidental y expansiva dando paso, luego, a lo intrascendente?

De este modo, y esto es algo que se deriva de la lectura de la columna del profesor de la UDP, lo público como tal deviene un significante vacío, ergo, sensible a la disputa, y que se le intenta ajustar a disposiciones interpretativas también particulares desde las cuales se despeje un horizonte hegemónico que indique, entonces y valga la cacofonía, qué es un intelectual público a la luz de la desaparición del espacio público, o de lo público en general. Desde esta constatación, no es el declive del intelectual público la cuestión sino que es, siguiendo a Sennett, el hombre (o la mujer) público/a que habita al interior de una sociedad craquelada la que exige análisis.

  1. Es interesante la columna de Alfredo Joignant en su comienzo, cuando da cuenta del panorama de los intelectuales trumpistas o del perímetro Silicon Valley, a los que llama “intelectuales oligárquicos”, esos que con poca destreza escritural ni menos imaginación han sabido configurar un imaginario en la sociedad norteamericana que perfora sin la necesidad de tener tras de sí la institucionalidad académica, puesto que de plano pueden prescindir de ella; las subjetividades pueden ser manipuladas teniendo la hegemonía del capital(es), la que sería más fuerte que cualquier idea, libro o artículo indexado, parafraseando a Joignant. Se daría lo que Peter Sloterdijk en su libro Temblores de aire en la fuentes del terror (2003) denomina “atmoterrorismo”, concepto que no evidencia únicamente el deterioro del planeta en términos ecológicos, sino que la vieja cuestión del miedo como dispositivo político que sabe operar capilarmente y generar terror en el ambiente, jerarquizando los temores y priorizando, de nuevo, los miedos que rentabilizan a la hora de la estría electoral.

Mi pregunta es si esta oligarquía intelectual no se da del mismo modo en Chile; tal vez no derivada de los mayores capitales del mundo pero sí de instituciones millonarias que en su búsqueda (holgadamente conducida por la abundancia de recursos y la burocracia formalizada para la ocasión) por estandarizarse a todo orden, según sean los criterios de calidad exigidos por organismos estatales centrales, producen y reproducen un tipo de “académico factor de impacto”, el que se entiende a sí mismo como relevante –e impactante– en la medida que multiplica sus papers en revistas de corriente principal; hablamos en este punto de instituciones que generan un tipo de oligarquía académica que se ausculta no en la potencia de las ideas necesariamente, sino en el reflejo de sus indicadores, de sus publicaciones que serán, igual, reembolsadas a modo de estímulos construyendo un ideario y un trayecto que bastardiza al pensamiento crítico (que puede o no funcionar dentro de bordes institucionales) edificando más bien un “gobierno de los mejores” que es, en realidad, la hegemonía del estándar.

La oligarquía es producto de la decadencia de la aristocracia, lo explica Aristóteles en su Política. Bien podríamos pasar la tesis de que, en Chile, la oligarquía económica que gobierna desde la más temprana infancia de la república, se reproduce al día de hoy en las universidades; no como terratenientes, estanqueros o tabaqueros, sino como derivación de un sistema neoliberal genéticamente puro al que, es lo que pienso, el profesor Alfredo Joignant responde con precisión y que es la contradicción en la que cae en su columna.

  1. Por último, es algo más que sintomático que cuando refiere a intelectuales chilenos influyentes y con capacidad de capturar la opinión pública desde medios diferentes y que tienen a su disposición todas las plataformas imaginables, hable de Carlos Peña y de Daniel Mansuy. Peña es un personaje importante, con una capacidad mediática descomunal y un gran pulso estratégico para poner conceptos y generar polémica en torno a ellos. Qué duda cabe. Pero ¿tiene una obra? ¿es un intelectual relevante solo porque opina y saca libros como quien produce televisores en serie, recubriéndose de una suerte de nimbo que lo sacraliza de cara a todo el resto de opinólogos de la contingencia que lo secundan? ¿cuál es el gran libro de Carlos Peña que, en una comparación delirante y por la cual pido disculpas, podría acercarse a un Chile actual anatomía de un mito de Tomás Moulián o al Neoliberalismo corregido de Manuel Antonio Garretón?

Alfredo Joignant cita a Moulián como un intervalo en su texto solo para recordarnos su candidatura presidencial por el PC en los 2000, pero no para decir algo sobre lo descomunal de este libro y la herencia incombustible que ha significado para una suerte de sociología o pensamiento crítico de ahí en más; una parresia de una tesitura insobornable que no buscaba “posicionarse” (no lo necesitaba), sino ejercer una crítica radical a los primeros años de la transición chilena travestida y penetrada por la dimensión notarial que se asumía como indescartable para transar con la contraparte rotulada como Pinochet.

Finalmente Mansuy, del cual tengo una opinión más que respetable y me parece que es, al día de hoy, de lo mejor que dispone la escasa intelectualidad de derecha. La rigurosidad de sus últimos textos, tanto el de Allende como el que le dedica al Frente Amplio, dan cuenta de un trabajo serio, sistemático y al cual no le resto una sola coma en su estructura y forma. Mas, aquí se alojó un proyecto completo de la derecha que termina por ser el colofón de los “50 años”. Sí, la última palabra de los 50 años, in situ, la tuvo la derecha con el libro de Mansuy. De la misma manera que la visualidad de los 50 años fue caracterizada por El conde, de Pablo Larraín; una sátira inventiva y bien construida pero que no daba para ser el dispositivo visual que coronara la estética, se insiste, de la conmemoración.

Con todo, la derecha en la narrativa y la derecha en lo visual, definieron la tragedia chilena a 50 años de su impacto golpista ¿Culpa de la izquierda que falló en prever la jugada y leer el naipe? Sí, la responsabilidad es nuestra y no se trata simplemente de la ausencia de recursos, sino de que no fue posible aunar un relato amplificado y sustantivo de todo lo que ocurrió.

Ahora, el profesor sostiene (con una soltura asombrosa) que el libro de Daniel Mansuy Salvador Allende. La izquierda chilena y la Unidad Popular (2023) ha sido el mejor libro de la década. Y es inevitable ir contra esta constatación, porque no es cuestión, es lo que creo, de que Alfredo Joignant sea un académico que no lee ni esté actualizado, por el contrario. Pero lanzarse con una frase como ésta, ahí donde el libro es respetable y aunque yo, particularmente, no vea más que una final e inteligente fórmula de justificación del Golpe, me parece algo casi irresponsable.

¿Qué pasa con Las ciencias sociales en la trama de Chile y América Latina. Estudios sobre transformaciones sociopolíticas y movimiento social de Manuel Antonio Garretón (2014)? Un texto enorme en su arquitectura; o ¿La pregunta de Octubre. Fundación, apogeo y crisis del Chile neoliberal (2023) de Manuel Canales (con distancia el mejor libro escrito sobre la Revuelta y todo el lastre socio-histórico que termina en la sublevación)? O ¿en Tiempos y Modos. Crítica, estética y política de Nelly Richard quien, con una fineza y profundidad superlativa, explica a modo de ensayo la tragedia de Chile? Y faltan textos y nombres, claro que sí.

La cuestión es por qué Joignant solo reivindica, en el caso chileno, a Carlos Peña –cuyo espíritu categórico y contractualista inspirado en sus lecturas de Kant y John Rawls lo han llevado a concebirse a sí mismo no solo como el rector de una universidad, sino como una suerte de canon moral de una sociedad completa; o por qué, asumiendo que conoce la literatura, puede decir que el de Mansuy es el mejor de los libros habidos en los últimos 10 años cuando, por lejos, es secundario respecto de la pequeña muestra de los extraordinarios textos que apuntamos más arriba.

No sé cuál será la operación que pretende inaugurar Alfredo Joignant, pero sí puedo pensar que no es baladí. El intelectual público está en declive, a juicio de nuestro columnista, sin embargo no es así, no está en declive. Lo que atraviesa por una crisis es la imagen del intelectual que se autoconsume a sí mismo en la telefactualidad y la virtualidad de su pensamiento; en el autoconvencimiento de que la adjudicación de proyectos y las publicaciones indexadas, en las que muchas y muchos tenemos que surfear porque estamos obligados para sobrevivir, son el trinar del éxito.

No declina el intelectual público. Lo que declina es la lectura del intelectual respecto de lo público propiamente tal; toda vez que desde su jaula de oro pretende interpretar en su totalidad lo que no puede: la sociedad; esa suerte de mutante radicalmente variable y nunca sedentario que solo podremos abordar parcialmente y nunca definir.

“¡Romped, cognoscentes, las viejas tablas!” (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra.)

 

Publicado por: Marcelo Morales Mena