Por Mg T.O Cristopher Burgoa Godoy, Académico Terapia Ocupacional, Universidad de Los Lagos sede Chiloé
Más de 200 niños/as haitianos/as ingresaron a Chile y hoy el Estado reconoce que no puede acreditar dónde están. La noticia ha generado preocupación, investigaciones y una legítima discusión pública. Sin embargo, más allá de las cifras, existe una pregunta que me parece mucho más inquietante: ¿cómo es posible que más de doscientos/as niños/as se vuelvan invisibles sin que como sociedad nos detengamos a cuestionar profundamente las condiciones que hicieron eso posible?
Porque aquí no estamos hablando únicamente de registros migratorios o procedimientos administrativos. Estamos hablando de niños/as. Y cuando un/una niño/a desaparece del radar institucional, lo que queda al descubierto no es solamente una falla burocrática. Lo que aparece es una fractura ética.
Lo verdaderamente alarmante no es que hoy no sepamos dónde están. Lo alarmante es que parecemos haber normalizado la existencia de vidas que pueden quedar fuera de la mirada colectiva sin provocar una conmoción proporcional a la gravedad de los hechos. Quizás porque hemos aprendido a convivir con la exclusión. Hemos aprendido a aceptar que existen personas que habitan los márgenes de las políticas públicas, de las decisiones políticas y, muchas veces, de nuestras propias preocupaciones cotidianas.
Esta no es la primera vez que Chile se enfrenta a una pregunta incómoda sobre sus niños/as.
Hace algunos años conocimos el horror de la crisis del SENAME. Durante décadas se acumularon denuncias, informes, testimonios y advertencias sobre las condiciones en que vivían miles de niños, niñas y adolescentes bajo protección estatal. Más tarde conocimos cifras de fallecimientos, vulneraciones y graves falencias institucionales. Entonces la pregunta fue devastadora: ¿cómo fue posible que ocurriera frente a nuestros ojos?
Hoy, cuando escuchamos que cientos de niños/as haitianos/as no han podido ser ubicados por las autoridades, la pregunta vuelve a aparecer. No porque estemos frente al mismo caso. No porque las circunstancias sean idénticas. Sino porque el patrón resulta inquietantemente familiar.
Una vez más hablamos de niños/as situados en los márgenes. Una vez más hablamos de poblaciones vulnerables. Una vez más descubrimos que los sistemas encargados de proteger no siempre logran ver.
A primera vista, podría parecer que esta es una historia lejana, propia de grandes ciudades o de las complejidades de las fronteras internacionales. Sin embargo, quienes vivimos y trabajamos en territorios insulares sabemos que la invisibilidad no reconoce fronteras. Cambian los contextos, cambian los rostros y cambian las historias, pero la exclusión sigue operando bajo una misma lógica: dejar a determinadas personas fuera de la mirada colectiva.
La experiencia de trabajar en el sur austral permite observar cómo ciertas desigualdades terminan naturalizándose. Personas mayores aisladas, comunidades rurales con dificultades de acceso a servicios esenciales, niños y niñas que esperan meses por atención especializada, familias completas que continúan sintiendo que las decisiones sobre sus vidas se toman desde lugares que desconocen profundamente sus realidades.
Como terapeuta ocupacional, esta realidad me interpela profundamente. Nuestra disciplina no puede limitarse a intervenir sobre las consecuencias individuales de la exclusión. También tiene la responsabilidad de interrogar las estructuras que la producen. Porque cada vez que preguntamos quién queda fuera de la escuela, del trabajo, de la salud o de la vida comunitaria, estamos preguntando quiénes son vistos y quiénes permanecen invisibles.
Por eso, cuando escucho que más de doscientos niños/as no han podido ser ubicados, no pienso únicamente en una crisis migratoria. Pienso en una sociedad que corre el riesgo de acostumbrarse a la indiferencia.
Y la indiferencia siempre es peligrosa.
Porque las personas no comienzan a desaparecer cuando dejan de estar en un lugar. Comienzan a desaparecer cuando dejan de importar.
Tal vez la pregunta más dolorosa es si realmente aprendimos algo. Porque cada cierto tiempo Chile parece conmoverse al descubrir que existen niños invisibles. Abrimos comisiones, redactamos informes, prometemos reformas y volvemos a la normalidad. Hasta que aparece el siguiente caso y volvemos a preguntarnos cómo fue posible no haberlo visto antes.
Quizás el problema no es que no los vemos.
Quizás el problema es que hemos aprendido a mirar hacia otro lado.
Y esa es una pregunta que no debería dejarnos tranquilos/as.
Publicado por: Marcelo Águila Sandoval










