Comentario de: Juan Carlos Gallardo, Profesional de la Dirección general de Vinculación con el Medio
–¿De dónde vienes Irene?
– Vengo de Caesaraugusta-…
¿Y qué estás haciendo?
– Escribo….“escribo para que no se rompa el viejo hilo de voz”… “y para que nosotros, los amantes de los libros sepamos de quiénes somos herederos. Y porque debemos a los libros la supervivencia de las mejores ideas fabricadas por la especie humana”.
Pocos libros logran de manera tan rotunda hacer realidad aquello de viajar a través de sus páginas en el tiempo y en el espacio. Sólo con los movimientos de mis dedos y de mis ojos, he recorrido 5000 años de historia y muchos lugares, para conocer a quienes nos han dejado una herencia imprescindible: la de la palabra escrita en tablillas de arcilla, en papiros, pergaminos, códices y papel. Una aventura deslumbrante, vivida sin salir de casa.
Se me ocurren al menos cuatro razones para leer El infinito en un junco: Primero, por placer, porque Irene escribe de forma divina y en tono poético. Y es cosa de dejarse llevar por sus sencillas pero profundas reflexiones.
Segundo, por deber: Esto que tenemos hoy ha sido una construcción colectiva, de siglos de esfuerzo y creatividad. Hay que conocer de la censura, de los libros prohibidos, los libros perdidos. Los destruidos por el fuego y la estupidez humana. Así, un libro de tan inocente título como “El arte de amar” fue censurado y le costó el exilio y la muerte a Ovidio, su autor.
Tercero, por aprender: ¿Por qué algunos libros se transforman en clásicos? ¿Qué son los clásicos? Tal vez son esos libros que “se parecen a esos viejos rockeros siempre activos que envejecen en los escenarios, pero se adaptan a todo tipo de público y así nadie los ignora”. El futuro siempre tiene algo del pasado.
Cuarto, por no olvidar: de la antigüedad nos llegan voces como las de Séneca que nos dice “los homicidios individuales los castigamos, pero ¿qué decir de las guerras y del glorioso delito de arrasar pueblos enteros? Hechos que deberían condenarse los elogiamos porque quién los comete lleva las insignias de general». Hace 2000 años nos rayó la cancha, pero ¿a cuántos hemos admirado en los libros de historia por haber arrasado y sojuzgado a pueblos y naciones en nombre de la “causa” sea cual fuere?
Irene Vallejo, la zaragozana, nos pide siempre recordar que existió la grandiosa biblioteca de Alejandría, centro glorioso del saber en la Antigüedad, magna obra de los gobernantes Ptolomeos. Y también rememorar la visión, perseverancia y valentía de Heródoto, Esquilo y tantos otros seres humanos. Y aprender que no todo lo que brilla es oro, allí están las dudas sobre parte del legado de Platón.
Hoy, como ayer y mañana los libros hacen vidas más plenas. Y este libro infinito es un manantial de información y una puerta abierta hacia la Historia, que sólo hay que cruzarla. Y descubrir las joyas preciosas que se han escrito con el oro de las palabras.
El infinito en un junco me ha hecho navegar, y uno de los derroteros ha sido embarcarme en un viaje hacia mi infancia. Allí aparece, nítida como si fuera ayer, Laura Alcayaga, profesora de profesión, maestra de vocación. Mi maestra de la escuelita rural, donde, además, era directora. Orgullosa sobrina nieta de Lucila Godoy Alcayaga, conocida como Gabriela Mistral, nuestra Premio Nobel, aquella que era más que una poeta. Tal vez por eso, la maestra Laura tenía una afición enorme por las letras escritas. Poseía en su casa una respetable biblioteca, quizá la única en 30 kilómetros de campos e islas a la redonda. Y abrió sus puertas, para que yo, uno de sus alumnos pudiera tímidamente cruzar la puerta y tocar con dedos vacilantes los lomos de los libros que guardaba con amor.
Se hicieron frecuentes mis viajes de infancia en fines de semana a lomos de la yegua Plumilla, porque su casa -y la escuela- quedaban lejos, para entregar religiosamente los libros en préstamo y recoger con unción los nuevos que acompañarían mis noches a la luz de la vela. Así pude disfrutar los libros de Coloane, de Salgari, de Jack London y hasta el Quijote se me atravesó en versión resumida, además de las revistas como los Mampato y los Cabrito.
Por todo ello, leyendo esta obra me he acordado de ti maestra Laura, porque en el infinito de tus libros, descubrí lo vasto del mundo y a ello le debo en parte lo que soy. Gracias a ti tuve mi propia biblioteca de Alejandría. Enorme, mágica, esplendorosa. Y estaba en medio de tu hogar.











