Ennio Vivaldi, ex rector de la Universidad de Chile
Ex embajador de Chile en Italia
Recién comenzando mi estadía en una universidad estadounidense fui invitado a la reunión anual del Instituto de Patología. Una de las presentaciones se refería a experimentos que utilizaban un determinado antibiótico. Cuando uno de los asistentes preguntó por qué el investigador había optado por ese antibiótico, el Director del Instituto intervino diciendo “por el síndrome de Sutton”. Yo, recientemente egresado de la excelente Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, jamás había oído hablar de tal síndrome. Tímidamente me dirigí al profesor sentado a mi lado y le pregunté de qué se trataba el síndrome de Sutton. Él lanzó una carcajada y muy divertido me contestó que no existía tal síndrome, sino que Sutton había sido un famosísimo y exitoso asaltante de bancos. Su fama provenía, además de sus asaltos propiamente tales, de que, cuando fue finalmente detenido y vinieron los periodistas a entrevistarlo, uno de ellos le preguntó “¿Por qué usted asalta bancos?”. La respuesta de Sutton fue “Porque ahí es donde está la plata”. Esta cita consagraría a Sutton como una leyenda. Y a mí me permitiría entender lo que el Director había querido decir.
En Chile, se percibe que la universidad pública no es donde está la plata y que es mucho más fácil hacer negocios con otras instituciones. Una transacción comercial con una universidad pública requiere cinco niveles de inspección, desde las contralorías hasta una eventual investigación por la Cámara de Diputadas y Diputados, y toda la información queda transparentemente disponible para quien quiera conocerla. Esperablemente, nunca una universidad privada ha solicitado transformarse en pública.
Hay también una cuestión de significado: a las universidades públicas se les suele donar bienes de valor artístico o de testimonio histórico para que estos pasen a ser parte del “bien común de la Nación”. Hoy, hay quienes prefieren en vez hacer una transacción con una institución privada, valga el oxímoron “bien común privado”. En cuanto a financiamiento fiscal, en Chile siempre ha habido aportes directos para las universidades privadas y fondos concursables a los que postulan públicas y privadas, ambos procesos inobjetables, pero ahora, sublime originalidad, hay fondos públicos concursables a los que solo pueden optar las privadas.
Las confusiones son fantásticas. Un ejemplo: se legisló para hacer extensivo a las universidades públicas un castigo consistente en prohibirles cualquier convenio o proyecto colaborativo con el Estado al cual se deben. (Esto no lo estoy inventando). Otro ejemplo: la Universidad de Chile es la principal formadora de especialistas médicos, sin los cuales no funcionaría el boyante sistema privado de salud. A la vez, nuestro Hospital debía financiarse con fondos institucionales. Así, los aranceles de nuestros estudiantes de pregrado indirectamente financiaban la salud privada. Parafraseando a Jorge Manrique, los fondos públicos son ríos que van a dar a la mar del mundo privado.
En 2018, discutiendo la ley de Universidades Estatales, se le planteó al Presidente de la Comisión de Educación, Ignacio Waker, que no debería haber una ley que diferenciara a las universidades públicas. Walker contestó que debíamos reconocer que las universidades estatales tenían una misión que les era específica y que debían tener una relación especial, propia y distinta, con el Estado. Una síntesis perfecta. Sorprendente y emocionante de escuchar.
A las universidades públicas se les ha pedido crear un Servicio Nacional de Salud, erradicar la desnutrición infantil, estructurar el sistema educacional, conquistar el derecho a voto femenino, informatizar el país, reformar el agro, crear las instancias Nacionales de Teatro, Orquesta, Ballet, Museos. En resumen, auscultar, diagnosticar y ofrecer soluciones a los problemas de los territorios y del país, y hacerlo en un ámbito integrador que contenga y respete la heterogeneidad de nuestra ciudadanía y que garantice una verdadera igualdad de oportunidades.
Existe un mundo público y un mundo privado. La discusión presupuestaria debe procurar que ambos coexistan complementaria y sinérgicamente, en vez de seguir intentando desnaturalizar y tergiversar a las instituciones de educación pública inmergiéndolas en la lógica privada. Hacer ambiguo un término tan prístino como “público”, permite imponer a las universidades estatales criterios de financiamiento incoherentes, descalificar sus valores y verlas como un competidor más en el próspero mercado educacional, no como representantes del bien común.
Pero lo que yo he tratado de decir aquí ya fue insuperablemente mejor dicho por Lewis Carroll:
«—Cuando yo uso una palabra —dijo Humpty Dumpty con tono bastante desdeñoso—, significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos.
—La cuestión es —dijo Alicia— si puedes hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
—La cuestión es —dijo Humpty Dumpty— quién manda, eso es todo».
Publicado por: Loreto Bustos Novoa











