La posverdad: Una cuestión de fe
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Javier Agüero

Dr. en Filosofía.

Académico de la Universidad de Los Lagos.

 

El pensador ruso de ultraderecha Aleksander Guélievich Duguin vinculado al movimiento denominado “nacionalbolchevismo”, sostuvo en una entrevista con el programa Newsnight de la BBC en 2017 que “La verdad es una cuestión de creencia […] los hechos no existen”.

Se piensa que este puede ser un punto de partida para pensar el fenómeno de la posverdad (concepto que se ha propagado en todo el planeta o, cuando menos, al interior de las llamadas democracias liberales), en el entendido que, como lo sostiene Duguin, todo se resumiría a una cuestión de fe en un perímetro donde lo real no es necesario, no es un factor ni menos un vector para hacerse una idea sobre lo que pasa (ce qui se passe)[1]. En la era de la posverdad no importa que lo que se llegue a arraigar como creencia sea verdad o mentira, este no es el “qué” de la cuestión; lo importante es que la ligazón a los hechos esté siempre mediada por una prédica que busca ser incidental, ínsita en una suerte de subjetividad colectiva que, a su vez, se deja afectar por este relato que no persigue entronizarse como una revelación trascendental, sino que en tanto efecto de instantaneidad ahí donde la política intra o geoplanetaria se ve urgida por una explicación. Se trataría, al fin, de constatar que, si la posverdad tiene una posibilidad y se vierte en el mundo como la figuración de un tiempo, es porque, justo, no hay una contraparte que favorezca la emergencia de certezas a las cuales aferrarse.

La ausencia de un discurso con vocación universalista de izquierda, por ejemplo, es el terreno más fértil para la generación de un verbalismo sensacionalista y demagógico emanado, por lo general, desde las derechas más radicalizadas que sí son sensibles al hecho de que en la falta de principios políticos y éticos derivados de una izquierda en ruinas, carente de lectura, sin proyecto ni lenguaje, aparecen las condiciones de posibilidad para una posverdad que, temporalmente y para ser estrictos, no es “pos”, ni “después” o más allá de la verdad, sino que va de una dimensión extremadamente situacional e inmanente que se codifica como una verdad aquí y ahora, en lo liminal de un “hoy” y que, contrariamente a lo pudiera pensarse, es toda la verdad habida para quienes se conectan con ella.

Entonces el populismo nativista, aquí las demagogias xenófobas, así las tachaduras que consolidan las democracias del odio: de este modo el ascenso de los protofascismos en Europa, EEUU y América latina.

O así como lo sostiene Ana Belén Hernández: “[…] el que algo aparente sea verdad es más importante que la propia verdad”[2]. Esto es, como se ha sostenido, que la verdad no es relevante en la posverdad, lo que importa es la creencia ígnea, la fe, la ritología del apego a un instante demagógico que deviene precepto y fundamento explicativo de un tiempo que, como también se señaló, está definido por la ausencia de estructuras fundamentales del pensamiento y de lo político que oxigenen alguna idea sobre lo contextual, de lo que va pasando y que, y en tanto hiato epistémico imposibilitado a dar respuestas, despeja el perímetro para que la vulgaridad del verbo o la palabra filistea colonice subjetividades[3].

Así, la posverdad misma parece veleidosa incluso para quienes se atribuyen el privilegio cognitivo de haber descubierto sus axiomas más íntimos. Desde aquí es que la posverdad se resuelve en un imaginario compartido donde lo que primaría es lo frívolo, lo leve, lo superficial; digamos, igualmente, lo hipervirtual; el centelleo del instante que encandila fabuloso y que a través de esta artificial ceguera explica su aquiescencia en el mundanal que estará llano al impacto de las manipulaciones discursivas o, en otras palabras, se jugará el consentimiento colectivo de que esa verdad-otra es el régimen de la idea, la sola palabra con sentido (aunque solo sea el fractal de un falsacionismo); el prototipo del tiempo o lo que se metaboliza como certeza –frágil– en lo social-político cotidiano.

Pero a pesar esta lenidad, la posverdad no deja de ser, como lo dice Carrera, “profundamente dogmática”; dogmática no porque se vertebre desde una densa lectura de lo contingente, sino porque encuentra su potencia en la flacidez interpretativa del individuo contemporáneo que abandonó –o va abandonando progresivamente en un vértigo alucinante– su propia hermenéutica, entendida ésta como el resorte de una reunión de subjetividades que comparten un mismo espacio-tiempo. Ahora, lo anterior no es culpa solo de aquel sujeto peninsular que dada la evaporación de todo asomo de comunidad ha perdido las formaciones intelectivas comunes, sino porque lo que habría triunfado, al decir de Peter Sloterdijk, es una suerte de “razón cínica”, es decir “[…] la falsa conciencia ilustrada. Es la moderna conciencia infeliz sobre la que la Ilustración ha trabajado tanto con éxito como en vano”[4].

Y puede que de esto vaya la posverdad. Nos referimos a la inoculación en la cultura de una falsa conciencia que opera desde una cierta soberanía cognitiva y epistémica en la que “nos hace creer”, nos fija a una fe y nos ata a sus ceremonias itinerantes. La posverdad no es una mentira necesariamente, insistimos en esto, sino que una manifestación biopolítica y posmoderna de un tipo de razón que, aunque ni cierta ni falsa, se recupera en una erótica ilustrada, pero de lo ilustrado instantáneo, fugaz, cínico; otorgándose todas las condiciones de posibilidad para agenciarse no solo como una retórica falsacionista que perfora subjetividades múltiples construyendo formas que se diseminan como reales aunque no exista evidencia alguna que las constate.

En esta dirección, la posverdad va de encontrar contra toda evidencia una justificación teórica (débil) y científica (espuria) que insistirá, por ejemplo, en que la tierra es plana y, así, se crea la trampa de la infoxicación. Y nos preguntamos ¿aquel que cree devotamente en que está diciendo algo que es verdad, está realmente mintiendo? ¿o la verdad requiere, de manera indefectible, que lo que se cree verdadero sea verdad? ¿sería esto una mentira o una no-verdad? ¿no puede acaso la posverdad ser pensada, más bien, como la imposibilidad de discernir sobre aquello que es verdadero o falso, porque, al final, lo relevante es la emergencia aleatoria de palabras creadas para la ocasión que definen conductas produciendo un fanatismo ciego? Y si una palabra dice la verdad de un momento, aunque su objetivo sea la manipulación de las masas ¿no tiene la posverdad la posibilidad de ser verdad, bien que el motor de quien la dice sea mentir? Lo clarifica de esta forma Jacques Derrida: “No podemos testimoniar más que de lo increíble; de lo que puede solamente ser creído, de lo que, al exceder la prueba, la indicación, la constatación, el saber, apela solamente a la creencia, por lo tanto, a la palabra dada”[5].

Es importante apuntar que, como lo escribe nuevamente pilar Carrera:

El concepto de posverdad se ha convertido en un lugar común, en una palabra de moda que se usa para denominar tanto la supuesta superación de un estado previo en el que, al parecer, la verdad era la norma, como para legitimar determinados procedimientos que tienen mucho más que ver con la esfera del poder (incluido el discursivo) que con la de la verdad.[6]

Este pasaje –a pesar de lo dicho sobre la complejidad de la palabra y la exigencia de entenderla como una dimensión fundamentalmente performativa que crea realidad desde la hiperbolización retórica y el juego inverso a las evidencias– permite asumir la posverdad en torno a la vulgata a la que habría estado sometida. No es raro escucharla en entrevistas de actualidad, noticieros, programas de televisión de cualquier índole, en todas las redes sociales, en la farándula –esa rapsodia indefinible de verdades y mentiras yuxtapuestas–, etc. Es una forma de parecer que se comprende lo que va pasando en la sociedad y la cultura desde un concepto que resuena desde el campo intelectual o venido desde algún recinto filosófico.

Y es del mismo modo cierto que la lógica elemental de la idea tiende a afirmar que hubo una verdad ex-antes; algo así como una zona feliz en la cual todo lo que se nos revelaba eran certezas y que nuestro mero andar por el mundo habría tenido la tesitura de un sentido. Sin embargo, la imagen de que todo tiempo pasado fue el de la verdad, es falso, al menos en esta dicotomía fundamental donde no podemos discriminar. La manipulación de la verdad, el quedar sujeta siempre a una gerencia por parte de quienes la administran, no estaría sino en correlación directa con el poder, con su captura. Entonces es mucho más perentorio para los agentes políticos jugar con la verdad en función del poder y no al revés. Es la verdad, tramitada y alterada la que permite que el poder mismo se transforme en una agencia real.

En esta línea, el darle a la posverdad la condición de algo que es simplemente posterior a la verdad resulta no solo refutable, sino que analíticamente inútil. Como ya de alguna forma se ha planteado, la posverdad no es la verdad, pero tampoco es la mentira, es el círculo en el que los individuos contemporáneos deambulan y construyen sus opiniones en la obsolescencia de la razón, lo que, por lo demás y de manera sistemática, no puede sino venir acompañado de una pulsión hegemónica por parte de quienes buscan estar implicados en la construcción de un ethos que les dé el soporte necesario para instalar su gramática, de nuevo, indiscernible.

La posverdad no actúa como un absoluto, su objetivo no es que la verdad se imponga; lo que entra en tensión y lo que sabe coordinar, es la duda, lo incierto, lo intangible de una convicción; la posibilidad de una mentira que se arraiga sin ser necesariamente la expresión de una falsedad.

[1] Al Badiou defiende una ética “de lo que pasa”: […] ética designa hoy un principio en relación con “lo que pasa”, una vaga regulación de nuestro comentario sobre las situaciones históricas (ética de los derechos del hombre), las situaciones técnico‐científicas (ética de lo viviente, bio‐ética), las situaciones sociales (ética del ser‐en‐conjunto), las situaciones referidas a los medios (ética de la comunicación), etc.” Alian Badiou, L’éthique. Essai sur la conscience du mal, Nous, Paris (2003), p. 20.

 

 

[2] Pilar Carrera, “Estratagemas de la posverdad”, Revista Latina de Comunicación Social, 73, p. 1472 (2018)

[3] Ana Belén Hernández, “Posverdad y política, ¿alguna relación?”, Empresasón, noviembre (2019).

[4] Peter Sloterdijk, Crítica a la razón cínica, Ciruela, Madrid (2003), p. 40.

[5] Jacques Derrida, Le monolinguisme de l´autre. Galilée, Paris (1996), p. 41.

[6] Pilar Carrera, op. cit., p. 1470.

Publicado por: Marcelo Morales Mena
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