Comentario de Juan Carlos Gallardo, Profesional de la Dirección general de Vinculación con el Medio
Andrés Montero, una joven estrella emergente en el firmamento literario chileno, nos trae estos seis cuentos que se van entroncando para formar una especie de novela, con elementos de realismo y toques de misterio y fantasía. Ellos son “El velorio”, “Formas de ganar el cielo”, “La revuelta”, “El duelo”, “Ahijada”, “Flor y truco, forastero”, este último el broche de oro para disfrutarlo y lagrimearlo, a la altura de los mejores relatos que he leído, aunque se sustente en los otros.
Son cuentos inmersos en el sur lluvioso, con olor a campo mojado, situados en una ruralidad de leyendas y de historias que se están yendo, pero Andrés Montero las rescata enhorabuena, las pone en valor, para renovar la literatura costumbrista del pasado siglo y recordarles a todos que hay un mundo mágico e inmenso más allá de donde el cemento termina.
Las historias nos llevan al fundo Las Nalcas en el sur chileno, a la caleta de la que el nombre no se sabe, pero podría ser cualquiera de las de por aquí, y a estos lugares testigos de esas historias que se entrelazan uniendo a campesinos, citadinos, bandoleros, pescadores, patrones de fundo, mujeres sabias como la inolvidable Eulalia, y a viejos jugadores de truco. Están escritas con una prosa tan sencilla y sin rimbombancias que van empapando como la lluvia, sólo con la fuerza de las imágenes.
Nos permite ser el quinto personaje que contempla aquellas entrañables partidas de truco, en las que los cuatro jugadores se van reemplazando, ocupando el lugar del que partió, en medio de las coplas y conversaciones que saben a vida y filosofía con la profundidad de la gente sencilla.
Aquí está el sur profundo, mi sur que mira el Pacifico. El sur de caletas, lluvia y verdes oscuros. El sur, que permite ir y permite volver, el sur de la libertad.
Y, por cierto, por aquí también anda la muerte estilando por los senderos oscuros al final de la tierra. Esa muerte envidiosa a la que ahora no le tenemos miedo.
Montero me ha llevado a las historias contadas por mi abuela detrás del humo del fogón. La abuela tejedora de ponchos que el agua respetaba. Al recuerdo del abuelo y sus oficios de hacer riendas, lazos y rebenques; y de sus historias de peripecias capando potros a lo largo de la comarca campesina. De los mates y curantos de la infancia y de después también.
Y aunque en cincuenta años nadie se acuerde de caras ni voces y los recuerdos se difuminen en la niebla del tiempo, todos los llevamos aquí dentro, desde la degustación de un vino de gloria o de un tecito especial por la compañía que estaba, o del amanecer de un noviembre de primavera, con el sol saliendo detrás de la cordillera. Por eso, la muerte se muere de envidia con todos, porque todos hemos tenido una vida.
Solo digo, que no queda más que abrirse en canal a lecturas que nublan la mirada y que encogiendo el corazón, lo agrandan. Porque siempre salimos sin salir y siempre volvemos, aunque andemos sueltos por el mundo.
Publicado por: Loreto Bustos Novoa










