Educar también es un acto de humanidad
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Por Dr. Cristian Ferrada Ferrada – Doctor en Educación – Profesor de Educación, Mención Educación Matemática, Universidad Católica del Maule. Máster en Didáctica Matemática, Phd – Profesor Titular de la Universidad de Los Lagos

En tiempos donde la educación enfrenta transformaciones profundas, ser profesor o profesora continúa siendo uno de los actos humanos más significativos de nuestra sociedad. Más allá de contenidos, evaluaciones o resultados, la docencia sigue sosteniéndose desde la entrega cotidiana de quienes dedican tiempo, energía y afecto a formar personas.

Muchas veces olvidamos que detrás de una clase existen horas invisibles de planificación, reflexión y compromiso. Existen docentes que permanecen trabajando fuera de horario, que destinan recursos personales para crear experiencias más motivadoras y que intentan responder, simultáneamente, a las múltiples necesidades emocionales, pedagógicas y sociales que emergen diariamente en las aulas. Y, aun así, continúan enseñando con esperanza.

Humberto Maturana sostiene que educar ocurre desde la convivencia y la emoción. Desde esa mirada, enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en construir relaciones humanas capaces de transformar vidas. Allí radica quizás una de las mayores riquezas de la profesión docente, la posibilidad de influir profundamente en las trayectorias personales de otros, incluso cuando ese impacto no siempre es visible de inmediato.

Como académico vinculado a la formación inicial docente, observo con admiración cómo muchos futuros profesores ingresan a pedagogía impulsados por el deseo genuino de aportar al bienestar de sus comunidades. En contextos como Chiloé, donde la educación también dialoga con el territorio, la cultura y las desigualdades, la labor docente adquiere todavía mayor relevancia. Educar implica comprender realidades diversas, sostener emocionalmente y generar oportunidades donde muchas veces existen limitaciones estructurales.

Por ello, más que instalar una crítica negativa, esta reflexión busca relevar la importancia de la gratitud y del reconocimiento mutuo entre escuela y comunidad. A veces, un mensaje de apoyo, una palabra amable o un simple “gracias” puede tener un efecto profundamente reparador en quienes dedican gran parte de su vida a enseñar. Reconocer la labor docente no significa idealizar, sino comprender que detrás de cada aula existen personas que también sienten, se cansan y necesitan apoyo para continuar formando a otros.

Gabriela Mistral entendía la educación como un acto profundamente ético y humano. Hoy, en medio de tantas exigencias y cambios, quizás uno de los desafíos más urgentes sea precisamente recuperar esa mirada, una educación construida desde la empatía, el respeto y la colaboración. Porque cuando una comunidad valora a sus profesores/as, no solo fortalece la escuela, refuerza la esperanza colectiva de construir una sociedad más humana.

Publicado por: Marcelo Águila Sandoval