Lo que no vemos también sostiene al océano (18 de octubre Día de la Protección de la Naturaleza)
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Liliana Muñoz, investigadora del centro i-mar ULagos

 

¿Cuándo fue la última vez que pensamos en un hongo al imaginar el océano? Probablemente nunca. Cuando hablamos de proteger el mar, las imágenes que vienen a la mente son casi siempre las mismas: una ballena emergiendo entre la espuma, un arrecife de coral lleno de color, una tortuga nadando entre rayos de sol. Son las protagonistas habituales de las campañas de conservación. Pero existe otro océano que rara vez aparece en esas fotos: un mundo microscópico formado por bacterias, hongos, virus y otros microorganismos que viven libres en el agua o asociados a animales y algas. Un mundo que no vemos, pero que participa activamente en el funcionamiento de los ecosistemas marinos.

Cada 18 de octubre se celebra el Día de la Protección de la Naturaleza, una fecha cuyo origen se remonta a 1972, cuando Juan Domingo Perón hizo un llamado internacional frente a la «marcha suicida» que la humanidad había emprendido contra su propio entorno. Más de cincuenta años después, aquella advertencia sigue vigente. Y, aun así, nuestra forma de imaginar qué significa «proteger la naturaleza» continúa fuertemente influida por aquello que podemos ver: grandes animales, paisajes espectaculares, especies carismáticas.

Rara vez pensamos en lo diminuto, y es comprensible: resulta más fácil generar empatía por una ballena que por una espora microscópica. Pero ese sesgo tiene consecuencias. Cuando reducimos la idea de naturaleza a aquello que podemos ver y fotografiar, dejamos fuera procesos fundamentales de los ecosistemas. Uno de los grupos que permanecen casi ausentes del debate público es el de los hongos marinos y las comunidades que conforman: la micobiota marina.

Durante mucho tiempo se pensó en los hongos principalmente como organismos terrestres. Hoy sabemos que están presentes prácticamente en todos los ambientes marinos, desde aguas costeras hasta grandes profundidades, aunque seguimos sabiendo sorprendentemente poco sobre ellos. Lejos de ser una curiosidad de la biodiversidad, pueden actuar como descomponedores, simbiontes, comensales, parásitos o patógenos, y participan en procesos de degradación de materia orgánica y reciclaje de nutrientes. Forman parte de complejas redes de interacción con otros organismos: se han encontrado asociados a corales, esponjas, pastos marinos y macroalgas, viviendo sobre sus superficies o incluso dentro de sus tejidos.

Hay un concepto que va más allá de reconocer que los hongos «cumplen una función»: el de holobionte. La biología contemporánea ha ido abandonando la idea de que un organismo marino es una entidad aislada. Un coral, una esponja, incluso un pez, no son individuos solitarios, sino holobiontes: un hospedador que convive de forma inseparable con sus comunidades de bacterias, archeas, virus, microalgas y hongos asociados.

Uno de los casos más estudiados es el del coral. Su salud no depende solo de sus propias células, sino de todo un conjunto de microorganismos que lo habitan, entre ellos una comunidad fúngica que parece desempeñar un papel en su capacidad de resistir el estrés térmico y el blanqueamiento. Dicho de otro modo: cuando hablamos de «proteger un coral», en realidad deberíamos hablar de proteger un sistema entero del que el coral, el hospedador, es apenas la parte visible.

Esto es una cuestión de definición, más que un detalle técnico. Si el organismo individual, tal como lo entendíamos, es en realidad una comunidad, entonces la pregunta que da sentido a este día —¿qué estamos protegiendo?— se vuelve mucho más compleja de lo que parecía. No hay una frontera clara entre el organismo y su entorno microbiano; hay un continuo. De ahí se desprende una consecuencia directa para las políticas de conservación. Un área marina protegida que resguarda un arrecife, pero que ignora las comunidades microbianas que lo sostienen, ofrece en el mejor de los casos una protección incompleta. En el peor, una protección cosmética: cuidamos la superficie mientras el sistema que la sostiene sigue expuesto y sin nombre en ningún informe ambiental.

Ampliar la mirada no significa restarle importancia a las ballenas, los corales o las tortugas. Significa entender que protegerlos de verdad implica también proteger aquello que los hace posibles: comunidades microbianas enteras, relaciones invisibles a simple vista pero decisivas para la resiliencia de todo el sistema. En ese entramado, los hongos marinos ocupan un lugar que apenas empezamos a comprender. Cada 18 de octubre recordamos, colectivamente, que la naturaleza necesita ser protegida. Tal vez sea momento de que esa protección no se detenga donde termina nuestra capacidad de ver. Proteger la naturaleza en su totalidad, como plantea el espíritu original de esta fecha, exige también proteger lo que no imaginamos: los hongos, protagonistas ausentes de nuestras campañas, y los holobiontes enteros que sostienen, desde la invisibilidad, cada ola que sí sabemos admirar.

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Publicado por: Loreto Bustos Novoa