Palabras contra el olvido: la memoria poética de Mario García Álvarez
Compartir

Por Carlos Delgado Álvarez

(Fotografía El Insular)

Profesional Dirección de Vinculación con el Medio, Universidad de Los Lagos

«La memoria nada tiene que ver con la historia.»
(Rewind)

none

Cada septiembre, Chile vuelve a enfrentarse a una de las preguntas más difíciles de su vida republicana: ¿qué hacer con la memoria del golpe de Estado de 1973? La discusión suele instalarse en el terreno de la historia, de la política o de la disputa pública por las interpretaciones del pasado. Son debates necesarios porque las sociedades democráticas no pueden construirse sobre el olvido. Sin embargo, existen otras formas de aproximarse a ese pasado; una de ellas es la literatura. No para sustituir la investigación histórica ni la deliberación política, sino para conservar aquello que ambas disciplinas difícilmente alcanzan a expresar, como la experiencia humana del daño.

En ese lugar se sitúa Palabras de golpe(s) (Ventana Abierta, 2026), el libro más reciente del poeta chilote Mario García Álvarez. Profesor, escritor y una de las voces representativas de la poesía del sur de Chile, ha construido una obra en la que el territorio nunca ha sido un simple escenario y en la que Chiloé aparece como paisaje cultural, memoria compartida y condición existencial. Si en libros anteriores el archipiélago era el centro visible de su escritura, en este nuevo poemario el horizonte se desplaza hacia una reflexión más amplia, como la persistencia de la violencia histórica en la memoria de quienes sobrevivieron a ella.

No se trata de un libro sobre el golpe de Estado en sentido documental. Tampoco es una elegía nostálgica; su apuesta es más ambiciosa. Desde el propio título, Palabras de golpe(s) propone una polisemia deliberada, donde el golpe es, por supuesto, el de septiembre de 1973, pero también el golpe del cuerpo, de la pobreza, del encierro, del miedo, del exilio interior, del lenguaje y del tiempo. El plural entre paréntesis indica que la violencia no se agota en un acontecimiento histórico, sino que adopta múltiples formas y continúa resonando en la experiencia cotidiana.

La arquitectura del libro confirma esta intuición. Desde Rewind hasta Golpes al cierre, pasando por capítulos como Golpes de rejas, Simulacro de fusilamiento, ¿Dónde están? o Contra-golpes de palabra, el poemario recorre un camino en el que la memoria se convierte en una categoría poética antes que cronológica. No asistimos a la reconstrucción de los hechos; asistimos a la persistencia de sus consecuencias.

Uno de los versos más reveladores aparece precisamente al comienzo del libro:

 

«La memoria nada tiene que ver con la historia;
la memoria es restos de canciones flotando.»

 

La afirmación podría parecer provocadora, pero en realidad establece la diferencia fundamental que sostiene toda la obra. La historia busca explicar; la memoria conserva. La historia organiza los acontecimientos; la memoria guarda aquello que continúa respirando en quienes los vivieron. No se trata de negar la historia, sino de recordar que ninguna cronología logra contener por completo la dimensión afectiva, corporal y moral del pasado.

Por eso el poemario nunca cae en la tentación del discurso político directo. García comprende que la poesía tiene otra responsabilidad y que su tarea no consiste en argumentar, sino en devolver densidad humana a aquello que la repetición pública corre el riesgo de convertir en consigna o en efeméride.

Esa opción estética alcanza uno de sus momentos más intensos en «Cuando te fusilen». El poema evita cualquier descripción épica de la violencia. Frente a la inminencia del fusilamiento, el hablante no convoca héroes ni proclamas. Convoca el territorio:

 

«sentirás tus islas y tus árboles
que te abrazan a gritos.»

Y más adelante añade:

«Las mareas no te dejarán morir.»

 

El archipiélago no es una imagen decorativa; deja de ser un paisaje para convertirse en una comunidad moral, donde las islas, las mareas y los árboles constituyen una memoria que protege al sujeto cuando la historia intenta borrarlo. En la poesía de García, Chiloé no funciona como un refugio sentimental, sino como una geografía ética en la que aún es posible resistir la deshumanización.

Algo semejante ocurre en Palabras de tierra firme, probablemente uno de los poemas que mejor resume el sentido del libro. Allí el poeta escribe:

 

«sólo estas palabras serán mi tierra firme.»

 

La metáfora resulta especialmente significativa al tratarse de un autor insular. La tierra firme ya no es un accidente geográfico; es el lenguaje. Cuando el cuerpo puede ser mutilado, cuando la historia despoja, cuando la violencia intenta reducir la identidad a la condición de víctima, la palabra permanece como el último lugar habitable. No elimina el dolor ni repara el daño, pero impide que el olvido complete el trabajo de la violencia.

Quizá allí radica la diferencia principal entre este libro y otras obras sobre la memoria reciente chilena. Mario García no escribe para inmortalizar el sufrimiento; escribe para preservar la dignidad de quienes continúan viviendo con él. Su poesía no convierte la herida en espectáculo; la convierte en responsabilidad. Por eso, resulta particularmente significativo el poema «Nuestra generación terminó«, donde, lejos de cualquier idealización generacional, el texto ofrece un balance de una época marcada por las fracturas, las renuncias y las sobrevivencias. La generación aparece con «la cabeza y la memoria rota«; algunos resistieron, otros olvidaron, otros «se vendieron«. El juicio no es panfletario. Es profundamente moral, porque la historia no termina cuando cesa la violencia física; continúa en las decisiones cotidianas mediante las cuales una sociedad recuerda o decide olvidar.

En las páginas finales, esa reflexión adquiere una resonancia inquietantemente contemporánea. El poeta advierte que el fascismo no siempre regresa con uniformes ni con marchas militares. A veces aparece revestido de un lenguaje familiar, pronunciando palabras como «familia», «libertad» o «seguridad». El riesgo, parece sugerir García, no consiste únicamente en la repetición de los hechos, sino en la naturalización de las formas culturales que hicieron posible la violencia. Esa advertencia adquiere especial relevancia en un tiempo en el que las disputas por la memoria parecen oscilar entre el negacionismo y la ritualización. La poesía ofrece una tercera posibilidad: recordar sin convertir el pasado en objeto de consumo político; recordar para comprender mejor nuestra condición humana.

Hay otro aspecto que merece destacarse. Palabras de golpe(s) no se limitan a la memoria política. También incorpora la memoria social de la pobreza, del trabajo precario y de la infancia. En Campamento, el recuerdo de una familia que se alimenta de tripas recogidas en un matadero no busca despertar compasión, sino afirmar una experiencia de dignidad. Del mismo modo, en Esto de escribir, el poeta reflexiona sobre el oficio literario desde la precariedad cotidiana, recordando que escribir también ha sido una forma de resistir la desaparición simbólica.

Todo ello explica que el libro concluya de manera tan singular. Después del último poema, Mario García incorpora una nómina de víctimas de la dictadura civil-militar asesinadas desde el 16 de octubre de 1973. El gesto posee una enorme fuerza literaria precisamente porque renuncia a la literatura. Aquí, la poesía se detiene para que hablen los nombres; el poema cede el lugar a la memoria documental; entonces comprendemos que toda la escritura anterior no pretendía reemplazar la historia, sino conducir al lector hasta ella.

Tal vez esa sea la mayor virtud de este libro. En una época en la que la memoria suele reducirse a confrontaciones ideológicas o a conmemoraciones rituales, Palabras de golpe(s) recuerda que el verdadero lugar de la memoria sigue siendo el ser humano. No los monumentos; no los discursos; no las consignas. Las personas concretas, sus cuerpos, sus pérdidas, sus paisajes y sus palabras.

Mario García Álvarez ha escrito un libro profundamente chilote y, al mismo tiempo, profundamente universal. Desde las islas del sur habla de una experiencia que trasciende cualquier geografía; nos habla de la necesidad de seguir nombrando aquello que la violencia quiso borrar. Porque, como el propio poemario parece enseñarnos, mientras existan palabras capaces de resistir el olvido, ninguna derrota histórica será completamente definitiva.

 

Publicado por: Loreto Bustos Novoa