Levinas, el Otro y un punto sobre la neurodivergencia
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Javier Agüero Águila

Investigador Universidad de los Lagos

Fondecyt Regular Nº 1260178

 

Emmanuel Levinas fue un sobreviviente del holocausto judío. Aunque perdió a gran parte de su familia en Auschwitz no eligió el camino, que tomaron otros y otras –totalmente justo, por cierto– del “cazanazis”, sino que dedicó su vida entera a pensar cómo se vive después de haberse trenzado, a diario, no solo con la muerte –preferida a veces por muchas y muchos en ese campo de horror en el que tuvieron lugar, como lo escribía el poeta Paul Claudel, “(…) las inmundas orgías del odio”– sino con el espanto interminable que puede llegar a ser un terror más allá del miedo a la muerte; y en el que la idea de humanidad, de plano, se disolvía en el odio metafísico al ser judío, gitano, persona con problemas de salud mental, homosexual, en fin, todo aquello que se resolvía como perturbador para la pretendida y desquiciada superioridad aria.

Y hablamos de Levinas porque a partir de esta experiencia irrepresentable, sin nombre, él elaboró un proyecto filosófico enorme que lo llevó a pensar durante más de 50 años la relación entre el tiempo, el infinito y en el cómo el yo se vincula al Otro en este perímetro donde la alteridad debe ser respetada y protegida porque en ella radica, sí, el curso de la existencia y la posibilidad de un mundo común.

En este sentido, en su libro El tiempo y el otro (1979), el filósofo se cuestiona sobre esta relación entre el Otro y el yo al interior de una cierta idea de temporalidad y de trascendencia. A modo muy general, lo central es que el Otro tiene y habita su propio tiempo; su singularidad en el discurrir de la existencia me es radicalmente desconocida, sin embargo –y aquí una cierta llave de acceso a la profundidad de su pensamiento– solo es a través de ese Otro que puedo trascender. Pero no se trataría de una trascendencia más allá de este mundo, sino en un aquí y un ahora, en este instante, en esta historia. Una suerte de trascendencia intramundana que nos permitiría evidenciar a la otredad total como la única alternativa para exceder el yo; “yo” siempre en riesgo de edificarse como una torre de marfil en la que el resto, los demás, puedan ser sujetos de subalternización y dominación.

Dejando atrás su pasado como discípulo de Heidegger (el maestro que lo traiciona al adherir al nazismo), Levinas dirá, a diferencia del filósofo alemán, que el ser no es un ser para la muerte. No nacemos con la inexorable meta-certeza de que moriremos. La sola certeza de la que disponemos, la única que abre una zona para que alteridades se reconozcan y se fundan en un mundo común, es que somos un ser, sí, pero ser para el otro: ser para el otro, no ser para la muerte.

Entonces lo importante de la herencia de Levinas, en este momento, es que ese Otro es sin rostro; un rostro que me enfrenta y restituye y que no es del orden de la representación. De este modo, si el Otro no me revela su rostro, que es lo propio de la alteridad, es que podemos resentirlo infinito, atemporal. No es necesario que la niña de Gaza que vive entre escombros esté aquí, a mi lado, para sentir la potencia de su presencia, su querella y su grito; o que un niño que pasó por las aberraciones del SENAME toque a nuestra puerta y pidiéndonos ayuda. El Otro ya está ahí, ya se desplegó a la luz de la responsabilidad que deberíamos asumir como una ética, una “ética de la responsabilidad”. Sobre todo, pienso, toda vez que se habla de inclusión y neurodivergencia.

Y todo lo anterior porque si el otro es configurativo de mi propio espacio, de mi tiempo y se abre como posibilidad de trascendencia, esté o no aquí, es porque el otro soy yo mismo; no hay distancia, no hay hiato, no hay cesura. La alteridad no se sutura jamás porque esto significaría anularse. Entonces, cada vez que me parapeto en mi individualidad defendiendo la idea del absoluto yo, no solo niego a éste o a aquel, sino que a mí y al mundo entero que son los otros.

Para Levinas la filosofía es, más bien, una sabiduría que nace del amor, y no “el amor a la sabiduría” (como se entiende desde su etimología griega a la palabra filosofía propiamente tal). El Otro, entonces, es toda la filosofía posible, todo el mundo, su presente y su inmanencia, así como su extensión y trascendencia.

En el mundo contemporáneo y en Chile, particularmente, hemos perdido al Otro, no lo vemos. Somos el reflejo de un sistema que nos arrebata lo alterno al máximo y que invisibiliza la otredad. Entonces, pensando desde Levinas en las niñas y niños en condición de neurodivergencia y en su potencial inclusión, nos hacemos las siguientes preguntas:

¿Cómo comprender la neurodivergencia como una alteridad que siempre estará ahí, siendo, que no se irá y que siempre nos acompañará? ¿Queremos que solo existan algo así como los neurotípicos para que desaparezca la bella y desafiante diferencia? ¿Cómo saber que aquella/el que es llamada o llamado neurodivergente no soy yo misma/o?

 

Publicado por: Marcelo Morales Mena