Javier Agüero Águila’
Dr. en Filosofía.
Profesor ULagos
- Noli me tangere (Juan 20:17), del latín “no me toques”. Y es la frase que Jesús le dirige a María Magdalena después de haber resucitado. El pasaje indica una distancia insalvable entre lo sagrado y lo profano, entre lo sobrenatural y lo terrenal o, si se quiere, entre la encarnación de una eternidad que se sobrepone a la muerte para abrazar una suerte de vida trascendente y una existencia común, mortal, sin nimbo o aureola sagrada, lejos de todo pulso extraordinario. “No me toques”, entonces, como lo que no existe para alguien más sino como una revelación sideral que nos fija en nuestro perímetro subalterno de seres inferiores cuyas existencias pedestres solo pueden ver el dios encarnado pero nunca, jamás, tocarlo. Lo sagrado no se toca, solo se contempla.
Lo sagrado es imagen-relámpago que puede destruirnos ahí donde nos acercamos más de la cuenta y buscamos entrar en con-tacto; destruirnos cuando osamos atravesar la zona abisal que nos separa del cuerpo de los dioses.
“Noli me tangere, soy la guerra; soy Dios, y como dios devengo omnímodo; todo lo sé, lo abarco y lo destruyo”. La guerra como aquella huella sagrada que dejan los dioses, al decir de Heidegger, y que en tanto dejan su marca anuncian siempre su retorno mágico, su incesante reiteración mística que, no obstante encantada, teje una membrana de muerte en la que quedamos capturados, igual, en un espiral iterativo; la guerra como prosa tanática que sabemos de memoria, bien que si la tocamos nos desintegramos. Mas, de alguna forma y al interior de algún extraño inconsciente histórico, la vamos necesitando, anhelando, pensando. Porque la guerra aunque no nos afecte de forma directa, es nuestro rito primordial, lo que se anuncia en tramos de toda falsa paz, de toda pantomima pacificante o intervalo en el que las armas pasan a descanso, breve, solo para recuperar el ritmo de fuego que las energiza otra vez. El “ángel” de la guerra que invocamos a pesar de todo pacifismo posible y que se transforma en régimen solo en la prédica corriente, en la vulgata kitsch o en el ser lejos de la guerra misma para adornarla retóricamente, insistimos, mientras no la toquemos.
Y este será el circuito aporético, así se formula: mientras más pretendamos evitar la guerra ésta, ya desde siempre, va larvando su potencia, su tracción. Ni siquiera ahí donde el mundo alcanza su mayor nivel de remordimiento la guerra se deja tocar para ser inhabilitada. Por el contrario, si la guerra tiene algo así como un mecanismo, este es su vocación sistemática a la habilitación, a la activación que metaboliza a la ceniza que ella mismo dejó (después del holocausto) en nuevos objetivos de aniquilación. El ecosistema de la guerra, su misma naturaleza, es el polvo de una fumigación y la rapsodia del fin interminable; el eco que resuena con tenor de bomba y que no se dejará tocar para evitarse. Por lo demás nada podríamos evitar, todo está desde siempre ya desbordado de crueldad, arrebatado de sadismo y comprometido con la amenaza del eterno retorno de la guerra que deviene, prosa tras prosa, en la gran novela de la historia que se reproduce en el corazón del mundo.
- En su libro Images malgré tout (2004), George Didi-Huberman sostiene que “Toda la historia de las imágenes puede explicarse como un esfuerzo por trascender visualmente las oposiciones triviales entre lo visible y lo invisible”. Esto es, se cree, que la imagen surge en el intersticio entre lo que aparece y desaparece. La imagen no es, así, la pura manifestación de algo, tampoco su evaporación. Hay en la imagen un instante de hibridación entre la presencia y la ausencia –una presencia ausente o una ausencia presente– o parafraseando a Plotino, sabríamos que en toda forma se intuye la huella de una cierta no presencia. Lo de Didi-Huberman es excepcionalmente explicativo a propósito del marco sensorial en el que las imágenes son elaboradas, esto es en un nivel tan consciente como inconsciente; es lo que vemos pero, a la vez, lo que no vemos. Entonces la imagen es el regreso de una ausencia constituyente, no de una ausencia que se fuga, sino que es parte del edificio visual que se nos representa y desde el cual podemos fabricar nuestra propia interpretación de la realidad, de las palabras y la cosas.
La guerra, que muchas veces percibimos desde lejos, se construye sobre esta inyunción presencia-ausencia; no la resentimos como nuestra pero podemos, de acuerdo a las imágenes que nos llegan en diferido, comprometernos con un discurso a la luz de la guerra propiamente tal. Ahora ¿son esas imágenes reales? ¿Podemos tocar la guerra? ¿Hay un tacto, una háptica de la guerra ahí donde nos duele pero no sentimos la muerte a cada segundo; la muerte ritualizada como vida: sentida en el segundo viviente de la vida?
La guerra no se ha ido, por más que creamos que se acuartelan las intensidades expansionistas, las fobias racistas o las pulsiones genocidas. Siempre tendremos una imagen de la guerra, una que nos impacte a modo de destrucción u otra que nos haga levantar la querella a la distancia. La guerra es una rúbrica sistemática, una sinestesia que nos convoca a pasar por todas las sensaciones posibles a tal punto de confundirnos; una imagen deformada, presente y ausente que es reflejo de una humanidad en incombustible degradación.
Publicado por: Marcelo Morales Mena











