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Una reflexión en la Semana Internacional de Solidaridad con los Pueblos que Luchan contra el Racismo y la Discriminación

Dra. Silvia Castillo Sánchez

Académica y Directora de la Dirección de Pueblos Originarios de la Universidad de Los Lagos

“Ya se te paró la pluma”, “¿Te entró la indiá?”, “estás mejorando la raza”. Todas expresiones que alguna vez (o muchas veces) hemos escuchado (o dicho) en contextos cotidianos. Y es que el lenguaje sí que construye realidades. ¿Qué negaciones, invisibilizaciones, prejuicios, violencias, asimetrías y estereotipos esconden las palabras que a diario empleamos y que, en el caso de los ejemplos mencionados, afectan a quienes portamos una identidad indígena? ¿Qué expresiones usamos cotidianamente sin cuestionar y que podrían estar reproduciendo racismo o discriminación, o bien, qué relaciones de poder revelan?

Llevar a cabo un ejercicio reflexivo sobre los prejuicios, los estereotipos y el racismo que se han naturalizado en nuestro lenguaje cotidiano plantea una oportunidad valiosa para transformar perspectivas, revisar lo aprendido y aportar a la construcción de espacios relacionales amables, más justos. Habitamos un territorio ancestral que habla lenguas originarias.  ¡Es cuestión de recorrer Chile y poner atención en los nombres de muchos de sus lugares, como Chiloé (chëlle: gaviotín; y we: lugar; Antipani y Antipani, 2022), desde donde escribo hoy!

Esta semana (a partir de cada 21 de marzo), proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas (1979) como la Semana Internacional de Solidaridad con los Pueblos que Luchan contra el Racismo y la Discriminación nos invita a la sociedad en general y a las instituciones educativas en particular, a contribuir no solo a derribar las expresiones visibles y no visibles del racismo, sino también a impulsar sostenidamente procesos formativos que aporten a promover y garantizar el ejercicio pleno de los derechos de los pueblos originarios. Más explícitamente, la ONU en su anexo 15 interpela a todos los Estados a adoptar, de manera prioritaria, medidas orientadas a penalizar toda difusión de ideas ancladas en la superioridad o en el odio racial y a prohibir las organizaciones que se funden en el odio, los prejuicios raciales y en ideas de discriminación racial. 

Es importante recordar que el Estado de Chile ratificó en el año 1971 la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de discriminación racial (1966), mediante el Decreto Supremo N° 747. En virtud de dicha ratificación, el Estado de Chile se compromete a dar cumplimiento al Artículo 7 de la Convención señalada: 

“Los Estados partes se comprometen a tomar medidas inmediatas y eficaces, especialmente en las esferas de la enseñanza, la educación, la cultura y la información, para combatir los prejuicios que conduzcan a la discriminación racial y para promover la comprensión, la tolerancia y la amistad entre las naciones y los diversos grupos raciales o étnicos, así como para propagar los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas, de la Declaración Universal de Derechos Humanos, de la Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial y de la presente Convención.”

Si bien podemos convenir que el racismo como discurso público carece de legitimidad, está sancionado normativamente y su eliminación constituye un objetivo de alta prioridad en las agendas de numeroso Estados y organismos internacionales, todavía nos encontramos con esta realidad: el Informe Anual 2017 realizado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), revela percepciones negativas y expresiones de racismo en Chile (preocupantes y dolorosas, por cierto) en relación con los pueblos originarios.  Los datos dan cuenta que la población considera en general que estos pueblos NO se caracterizan por ser personas trabajadoras (63,1%), ni agradables (71,7%), ni humildes (65,7%), ni educadas (73,4%), ni solidarias (69,3%); y que parte de sus integrantes tienden a ser violentas (81,6%), rebeldes (82,9%), flojas (69,1%), extrañas (65,2%) y desagradables (67,4%).

Y si como habitantes de este país largo y angosto partiéramos reconociendo que nuestra formación monocultural (y monolingüe, en su mayoría) ha legitimado solo un tipo de conocimiento, que no nos ha permitido problematizar decididamente las asimetrías en las relaciones interétnicas, las maneras de subordinación e inferiorización como manifestaciones del racismo; que no ha posibilitado la comprensión de los problemas sociohistóricos que explican el despojo y todos los atropellos y violencias cometidos en nombre de la “civilización” y el “desarrollo”; que no ha aportado sustantivamente al reconocimiento y el derecho a la diferencia; y que nos ha dado la posibilidad, la mayor parte de las veces, de valorar la diversidad como fuente de riqueza.  Sin duda, siempre está el momento de la oportunidad. ¿Les parece si partimos preguntándonos cuántos pueblos y lenguas originarias habitan en Chile? 

Por último, la interculturalidad es una buena aliada para iniciar y continuar este rüpü/camino.  En el siguiente enlace, pueden acceder a las Orientaciones para la implementación de la interculturalidad en las Instituciones de Educación Superior (Subsecretaría de Educación Superior, febrero 2026): https://educacionsuperior.mineduc.cl/wp-content/uploads/sites/49/2026/03/Orientaciones-interculturalidad-educacion-superior.pdf

Publicado por: Marcelo Águila Sandoval