Deconstrucción, universidad y censura (El monolingüismo sin otro)
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Javier Agüero Águila

Doctor en Filosofía

CFI / Universidad de los Lagos

Si nuestra tarea será aquí abordar la “idea” de universidad, muy sinópticamente, desde la estrategia deconstructiva, resulta indescartable recordar lo que apunta Jacques Derrida en el prefacio de El derecho a la filosofía: “La deconstrucción es una práctica institucional para la cual el concepto de institución es un problema”[1]. En este sentido, para el argelino la deconstrucción, no obstante su “pulsión natural” a la desmantelación de cualquier estructura (institución) es, ella misma, una agencia que no puede sino acontecer y desplegarse al interior de la estructura como tal para, entonces, desautorizar su forma, sus discursos, sus ritologías suturantes que encapsulan la(s) diferencia(s) buscando, de esta forma, descoserla y se descubra aquello que Félix Guattari llamó “líneas de fuga”[2], es decir, los cortes provocados en un continuum que desde un flujo aleatorio inician la desterritorialización.

Así, la deconstrucción no va sin institución, no tiene posibilidad de desautorizar tradición alguna si no se reconoce desde dentro de la estructura por más que su fibra inmanente –la deconstrucción no es trascendental porque siempre va siendo– la deslice a la subversión y a la liberación de las diferencias múltiples que deambulan sin salida dentro de sus márgenes. En definitiva, la deconstrucción no es y es sin institución; debe reconocerla para operar su estrategia, pero, a la vez, disolverla en sus protocolos proverbiales para que devenga en algo distinta de sí misma.

¿Es posible, como lo hace la mirada derridiana, pensar a la universidad como “la” institución en la que exista el derecho a decirlo todo? Y en esta dirección ¿Qué vendría a significar aquí el derecho a decirlo todo? ¿Es el derecho en el sentido jurídico o en el sentido de “rectitud” (droiture), esto es ir derecho al derecho a decirlo todo?

Sin embargo no habría que confundirse. No se trataría en el autor de abrir la universidad, por ejemplo, a discursos de odio que la inunden con prédicas segregacionistas de todo tipo o discriminatorias a todo orden. De lo que va, se cree, es de entender a la universidad como una zona de contacto entre lo no censurable y lo radicalmente censurable; esto implicaría que, inclusive, lo que no es censurable sea sujeto de una cierta censura, pero no en el sentido de lo represivo que no dejaría a una opinión expresarse, sino en la línea de que así como lo censurable se ajusta a parámetros de permisividad que tienden a su tachadura, lo no censurable también habría de someterse a este principio incondicional en donde todo puede ser dicho.

La universidad debería, en esta perspectiva, ser vigilante respecto de la no censura y la censura, considerando que entre ambas los que se trasluce es una suerte de umbral hermenéutico, de sentido y extensión del saber que no concibe cancelarse por el solo hecho de definir, a priori, lo “censurable”.

De esta manera es que la universidad y su comprensión queda sujeta, desde el inicio, a la coacción de la coacción, a la represión de la represión, a la censura de la censura. La democracia, la crítica y el pensamiento son motivos de deconstrucción, luego, abiertos a su propio porvenir acontecimental.

Asimismo lo escribe Derrida:

Desplegada en su dimensión más amplia, la cuestión podría adoptar una forma paradójica: ¿Puede ser censurada la razón? ¿Debe serlo? ¿Puede, a su vez, censurar o autocensurarse? ¿Puede encontrar buenas o malas razones para la censura? En suma, ¿qué es la censura como cuestión de la razón?[3]

Lo que pone en juego el autor en este pasaje es, justo, la pregunta por la censura en el uso de la razón. No descartándola como una zona en la que ésta pueda ser cuestionada. Lo anterior, porque ahí donde un argumento puede “tener razón”, aunque nos parezca censurable de entrada, abre empero a la dimensión del “entre” que surge en discursos que ya desde antes de haberse escuchado se consideran cancelables el uno al otro. La verdadera censura, en este sentido, es la expulsión del decir comprendido como censurable, ahí donde la universidad, independiente de sus adscripciones políticas o apropiaciones dogmáticas (yo mismo fui expulsado de una universidad católica por no callar ni aceptar la censura), sella un discurso y se define como una fortaleza de protección de sí misma y sus preceptos constituyentes.

La censura cierra, abdica, hace cesar en la querella, erosiona la doxa (opinión) y la endoxa (opinión común), disponiéndose al monolingüismo sin otro. Así la universidad conversa solo consigo misma y se autoafirma en el reflejo de su ritualidad performativa; se anula la diferencia y el flujo contestatario-opinante, ese que no está de acuerdo y es considerado como sin razón; lo que definitivamente es exiliado.

 Y es de este exilio de la otra razón que la universidad debería resguardarse a la luz de todas las fuerzas excéntricas a ella y que, dependiendo del marbete político, no vacilará en intervenirla,  como ha venido ocurriendo con los gobiernos de ultraderecha en todo el mundo y de cuya pulsión a la borradura, por cierto y al día de hoy, Chile no está exento sino más bien “expuesto”: ahora que nos preparamos para ser gobernados por el gremialismo más genéticamente puro, entonces por la devoción pinochetista.

Así, no se trataría de que la universidad sea este o aquel lugar en donde se resista críticamente, sino, todavía, más allá de la crítica. Lo decimos de otro modo, la universidad como una zona en la que la crítica quede siempre abierta e indeterminada a pesar de sus condiciones de posibilidad; perímetro absolutamente sensible al porvenir, inexacto, en devenir y sin posibilidad de ser fijado porque su única opción es lo que resiste a todo aparato crítico. Y aquí inclusive la universidad como tal debe permanecer abierta a toda crítica contra ella misma, tanto como sea posible, sin límites.

Todo esto unido a un cierto sentido espacial de última razón para la resistencia de cara a lo injusto por venir. La institución universitaria, pese a toda su “razón” institucional, nunca dejará de ser el referente crítico y emancipatorio para que se libere la (pen)última de las resistencias a la luz de dogmatismos diversos.

La tarea será pelear a la contra de la censura y la persecución, es decir, censurar la censura, o de otro modo, ser contracensura en cualquiera de sus formas porque el nocturno, en este país del fin del mundo, ya entra en régimen.

[1] Derrida, J. Du droit à la philosophie. Galilée, 1990, p. 88.

[2] Guattari, F. Líneas de fuga. Por otro mundo de posibles. Cactus, 2013, p. 56.

[3] Derrida, J. “Cátedra vacante censura maestría y magistralidad” y “Teología de la traducción”. El lenguaje y las instituciones filosóficas. Paidós, 1995, p. 86

Publicado en «Palinodia Libros»

 

 

Publicado por: Marcelo Morales Mena