Por Francisco Kroff Trujillo, Director Docente Carrera Técnico Universitario en Informática
Académico Departamento Ciencias de la Ingeniería
Hablar de Chiloé en 2026 es hablar de identidad, pero también de desafíos que ya no pueden seguir esperando. Mientras el país proyecta su desarrollo, el archipiélago enfrenta brechas que no son solo geográficas, sino también educativas, tecnológicas y sociales. En este escenario, la educación superior en Chiloé tiene una responsabilidad que va más allá de formar profesionales: debe formar personas capaces de comprender su entorno y transformarlo desde sus propias realidades.
Hoy, el avance de las tecnologías emergentes —como la inteligencia artificial, la fabricación digital o el análisis de datos— abre oportunidades que hace algunos años parecían lejanas. Sin embargo, la verdadera discusión no es si estas tecnologías están disponibles, sino cómo se integran en la formación y con qué propósito. Incorporarlas sin contexto puede generar aprendizaje superficial; en cambio, utilizarlas para abordar problemáticas del territorio permite construir conocimiento significativo y con impacto real.
En ese sentido, la formación profesional en Chiloé debiese orientarse a resolver desafíos concretos: mejorar la calidad de vida de las personas mayores, fortalecer la atención en salud rural, aportar a la sostenibilidad ambiental o innovar en los procesos productivos locales. Cuando el aprendizaje se vincula con el territorio, deja de ser abstracto y adquiere sentido. Los estudiantes no solo aprenden contenidos, sino que desarrollan compromiso, identidad y propósito.
Sin embargo, aún existen desafíos importantes que no pueden ser ignorados. Uno de los más evidentes es la desconexión entre la educación superior y el entorno en el que se inserta. Muchas veces, las instituciones formativas operan de manera aislada, con escasa articulación con municipios, organizaciones sociales y comunidades locales. Esto se traduce en procesos formativos que, aunque técnicamente sólidos, carecen de pertinencia territorial y dificultan que el conocimiento se transforme en soluciones concretas para las necesidades de Chiloé.
A esto se suma otro desafío clave: la incorporación de tecnologías emergentes sin una orientación clara hacia el territorio. La tecnología, por sí sola, no resuelve los problemas. Su verdadero valor radica en cómo se utiliza y en función de qué necesidades. Sin colaboración, confianza y compromiso con el entorno, estas herramientas corren el riesgo de transformarse en elementos secundarios, alejados de su potencial transformador.
En este contexto, el escenario país abre una oportunidad concreta que no debiese desaprovecharse. El impulso hacia la descentralización permite repensar el rol de la educación superior en regiones, avanzando hacia modelos formativos más flexibles, pertinentes y conectados con la realidad local. Esto implica no solo actualizar contenidos, sino también transformar las metodologías de enseñanza, integrando activamente al territorio en el proceso formativo.
El Bicentenario, no debiese ser solo una conmemoración, sino un punto de inflexión. Es una oportunidad para redefinir el propósito de la formación profesional en Chile y, particularmente, en Chiloé. Formar profesionales hoy implica desarrollar capacidades para comprender el territorio, trabajar con otros y generar soluciones desde la identidad local. La educación debe dejar de mirar hacia modelos externos y comenzar a construir desde lo propio.
Chiloé no necesita que le indiquen el camino desde fuera. Necesita fortalecer la confianza en sus propias capacidades, en su gente y en su conocimiento. En ese desafío, la educación superior tiene un rol fundamental: no solo formar, sino también conectar, articular y proyectar. Porque en este nuevo ciclo, formar profesionales para el territorio no es solo una opción, sino una condición necesaria para un desarrollo más justo, sostenible y profundamente humano.
Publicado por: Marcelo Águila Sandoval










